Guggenheim & Neue Galerie
Por la
mañana el Guggeheim, totalmente ocupada su rampa central por una exposición de
Louise Bougeois, casi todas las obras las habíamos visto ya en otra
retrospectiva, mucho más importante y mejor montada, que organizó el Reina
Sofía hace unos siete años, cuando esta vitalísima viejecita todavía no se
había convertido en la figura mediática que es en la actualidad. Las piezas son
básicamente las mismas, auque creo que en Madrid había alguna que no está aquí,
de lo que sí estoy seguro es de que el montaje del Reina le daba cien mil
vueltas a este. El problema está en la famosa rampa espiral, ciertamente
espectacular como todo el edificio, que funciona perfectamente cuando lo que se exponen
son los cuadros de pequeño y mediano formato que constituyen el núcleo de la
Colección del Museo (seguramente las obras que tenía en mente el arquitecto
cuando diseñó el edificio), pero las cosas cambian cuando se exhiben objetos o
cuadros un poco más grandes, que requieren un espacio con cierto desarrollo horizontal o vertical,
en ese caso la rampa se convierte en un molesto -y estrechísimo- plano inclinado sobre el que es
imposible asentar adecuadamente cualquier propuesta; las esculturas se
convierten en mesas mal equilibradas, y los cuadros parecen todos torcidos. En
el caso concreto de Louise Bourgeois las consecuencias son especialmente
graves: su poética está fraguada, en la mayor parte de las obras, con numerosas
referencias al hogar paterno como espacio arquitectónicamente opresor, de
reclusión y angustia, y aquí las instalaciones de “cuarto cerrado”, y las
esculturas de carne lacerada se resienten de esta proximidad circular: se ven
todas a la vez, parece un carrousel, el tren del miedo de un parque de
atracciones. Los horrores y las angustias nocturnas de una adolescente en un
caserón se muestran con mayor intensidad en una sucesión de espacios
expositivos bien delimitados, y pierden parte de su fuerza dramática en este
pasillo inclinado y panóptico,.., y falta además una cierta intimidad del
espectador ante a la obra. La rampa modelando el hueco del edificio tiene algo
de lugar de paso, de ese espacio neutro, ni interior ni exterior, que conforman
los Centros Comerciales,..., y eso desgraciadamente no pudo preverlo Frank
Lloyd Wright, aunque quizá sí, sin saberlo, anunciarlo y prefigurarlo.
Sólo una
manzana al sur del Guggenheim está la Neue Galerie, un antiguo palacete de los
Rockefeller que ahora alberga una colección de cuadros, dibujos, joyas y
muebles de la Viena expresionista y de entreguerras. Aquí sí se da una total
identificación entre las obras y el espacio expositivo. Pocos cuadros y
dibujos, pero casi todos extraordinarios: Otto Dix, Oskar Kokoscha, Max
Beckmann,..., Kirchner, Nolde, Klimt, Klee, Schiele,..., y una pequeña delicia
de Macke, y ya es el segundo o tercero que veo estos días, por sus colores
acidos y su cortísima vida siempre me hace pensar en nuestro malogrado
Guillermo Monroy.
Tomamos
un café “vienés” en la cafetería del museo, posiblemente el antiguo salón
recibidor del palacete, paredes forradas de maderas nobles, techos artesonados,
enormes ramos de flores y camareros silenciosos que levitan,..., como levitarían los sirvientes en la
Viena fin de siécle. La exposición se
completa con una colección de diseños para joyas, y una pequeña selección de
muebles de la época, piezas históricas bastante deterioradas, pero
indestructibles de espíritu, llenas de fuerza y encanto,..., todos los
productos culturales de esta momento/lugar nos seducen poderosamente, sentimos
que nosotros mismos estamos construidos con esos materiales, diseñados sobre
esas mesas de dibujo. Que aquí se engendrara la locura fanática del nazismo es
algo sobre lo que no debemos dejar de reflexionar ni un solo día.
Comida
en un restaurante “español”, vino catalán y descomunales pimientos “de Padrón”
con aspecto de chiles, croquetas de jamón y patatas bravas. Visita a los discos
de jazz en la Virgin. Cena en un local del barrio, el famosísimo Katz´s Deli,
con toda una pared forrada con fotos de famosos desconocidos,..., me cuentan
que aquí Meg Ryan fingía un orgasmo en público a la hora del almuerzo en
“Cuando Harry encontró a Sally”.
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