Coney Island & Jazz standard
La mañana
gris, la playa vacía, sucia y recién rastrillada, desierto el altísimo muelle
sobre pilares de hormigón, más vigilantes de salvamento que bañistas, policía
por tierra, mar y aire,..., y los viejos parques de atracciones, ¿qué puede
parecer más solitario que un parque de atracciones un lunes a primera hora de
la mañana? Cuando nos vayamos, varias horas más tarde, todo esto estará lleno
de gente, la playa, el paseo, las instalaciones del Acuario (otra vez cientos
de pequeños escolares, casi todos negros), ..., y el famoso Nathan´s (since 1916), donde nos tomamos
unos perritos calientes de pie, después de aguantar una larga cola, la empleada
de la caja, una mal encarda afroamericana se esforzará con mucho empeño en no
entender nuestro precario inglés, ..., no será la última vez que esto nos pase,
y tengo la impresión de que les molesta nuestro bulliciosa charla hispana.
Esta
tarde concierto de jazz en el Jazz Standard, vamos hacia allí sin saber
exactamente qué podremos oír, pero hemos averiguado que es uno de los locales
con mejor programación de la ciudad,..., el club está en un sótano y está
asociado o pertenece al mismo dueño que un asador situado justo encima, con lo
que se puede ver un concierto de Cecil Taylor a la vez que se da cuenta de un
chuletón de kentucky,..., nosotros no llegamos a tanto en ninguno de los dos
aspectos, el primer pase es muy temprano, a las 7 de la tarde, y nos arreglamos
con unos gin tónics y cócteles variados (a los adolescentes volvieron a
pedirles el DNI), y la actuación resultó ser la de una para mi desconocida
pianista: Joanne Brackeen, en formación de cuarteto, con bajo, batería y
tenor,..., no era Cecil Taylor pero demostró ser una excelente pianista, muy
equilibrada entre cierto impresionismo lírico y la abstracción más
contemporánea,..., una mujer plena de fuerza, que rondaría los 70 años, alta,
flaca, esbelta, con vestido largo y boa de plumas, cabellera rizada
gris-plateado, pamela y gafas estrechas para leer la partitura,..., con una voz
suave y acariciadora, componía la figura de la tópica tía solterona y
totalmente despistada de cualquier comedia inglesa de los 70, con un aire
chiflado y anticonvencional,..., en la presentación del tema “Giant steps” (John Coltrane) se echó
unas risas con el tenor, que no entendí, pero al salir, ya en la calle, leyendo
el programa de mano nos enteramos de que el saxofonista (eficaz, pero discreto)
que habíamos visto era Ravi Coltrane, el hijo de J. Coltrane. En primera fila,
delante de nosotros, una mujer sola, y de más edad que la pianista, se cenó su
buen plato de carne y ensalada, con una copita de vino blanco, después de haberse
bajado como aperitivo un magnífico dry
martini, todo ello sin dejar de prestar atención a los músicos y a los
movimientos de los espectadores en las mesas vecinas,..., a la salida, nos
paramos un momento en la puerta del club para consultar el mapa del metro, y
nuestra vecina nos adelantó con buen paso, llena de vitalidad, perdiéndose
entre la multitud de la calle 27.
De vuelta
al barrio cenamos en el Prune, un sitio pequeñísimo con 6 ó 7 mesas, es la
segunda vez que vamos, siempre entramos unos pocos minutos antes de que se
cierre la hora de admisión, y salimos los últimos rondando ya las 12 de la
noche, cuando ya llevan un buen rato recogiendo la cocina, es uno de los pocos
restaurantes donde nadie habla español, pero sus dueñas –orondas y morenas, quizá
con rasgos judíos orientales- ya nos reciben como si nos conocieran de toda la
vida, con abrazos y tocamientos mediterráneos,..., para corresponder nos
beberemos unas botellas de vino griego, y antes unas copitas de blanco francés en la
micro-barra mientras esperamos que se vaya alguien y nos preparen la mesa.
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