miércoles, 30 de enero de 2019

Maurizio Medo hace una lectura de Si en ajena deriva, el nuevo poemario de Daniel Aguirre Oteiza




Pero todos tenemos un monte en nuestra infancia. 
Y por lejos que vagabundeemos, al final nos hallamos 
en sus sendas. Allá nos hicimos aquello que somos

Cesare Pavese
Diálogos con Leucó. El hermoso verano



1.     no hay nada que sea mío ni propio de mí, confiesa Clément Rosset en Lejos de mí. El hecho de que Daniel Aguirre Oteiza haya elegido, diré subrayar, esta idea de Rosset sobre una “persona fantasmal”, justo anticipándose al epílogo de Eduardo Milán, por alguna extraña razón trajo a mi mente la conversación que el autor sostuvo con Felipe Cussen en la entrevista Aquí jamás rimamos, a propósito de la aparición de su libro O, la ballena [1].



En aquella ocasión Daniel declaró:


… Moby Dick
 proporciona, como decía, un ambiente o entorno textual que incita a volver a lanzarse a la aventura y a la ventura de las palabras: dejarse llevar por el lance de hacer y deshacer lo por venir en tiempos de intemperie e incertidumbre. Moby Dick es idóneo en este sentido: por lejos o cerca que uno se mantenga, el ir deshaciéndose de las palabras no parece, al menos de momento, absoluto. Esta perspectiva podría explicar por qué las primeras líneas de o, la ballena  ponen en juego la relación entre un observador y un pecio.



2.     Si, de pronto, alguien, quienquiera que sea, descubriera ese pecio varado en las orillas de una playa, muy probablemente, creo yo, no pensará solo en el objeto encontrado, sino que no tardará en imaginarle un origen. El pecio en cuestión se revelará como un símbolo de “eso que fue”, quizá una fusta o, por qué no, un galeón llegado hasta ahí, quizá desde el innombrado mar de los piratas. Pero, al mismo tiempo, el pecio es eso que sobrevivió, es “lo que queda”, no solo lo que apareció allí –o acá- merced a la deriva del tiempo. Es decir, es un objeto, pero, al mismo tiempo, es una historia, y también la posibilidad de inventarse otras. En, Si en ajena deriva, ¿Daniel Aguirre Oteiza no podría ser precisamente el hombre que encontró ese pecio varado en la playa (de ese libro) y al aproximarse pudo descubrir que esos restos pertenecían a una nave, imaginada y no, adonde aparecía tallado el nombre de Pamplona? Puede ser, pero, también, en la realidad que ahí se reifica, Daniel, también aparece en lugar de ese pecio. Es el observador, pero también es el pecio que nosotros observamos, aunque (parte de) su historia se revele tallada sobre el maderamen.

3.     Aquello ajeno importa –y funciona en este libro- como una categoría –de una forma muy semejante a esa idea sobre el lector planteada por Agamben- y no (solo) como una identidad. Por ello aquí: la poesía es aquello que regresa la escritura hacia el lugar de ilegibilidad de donde proviene, a donde ella sigue dirigiéndose[2]. Mientras “lo otro” participa y entra en juego “como una familiarización de lo des-familiar” incluso a través de “la incompletud de sentido que el fraseo llano contribuye a mostrar y a encubrir”[3] (y que, en cierta medida, se insinuaba, pues no se hacía del todo presente, en o, la ballena) generando cierto efecto de tensión entre lo que se conoce y lo que uno se imagina; entre “eso que fue” y “lo que queda”.

4.     La ubicuidad a la que se refiere Eduardo en el Postfacio- influye de tal modo que el territorio –de la escritura- de Daniel Aguirre Oteiza deriva desde –y como- “un lugar que no puede ser completamente”, como “algo que no termina de completarse tampoco y con alguien que (re)niega su aparición[4]”. Se fragmenta. “Lo que queda” a veces puede insinuarse también como aquello “por venir” en un círculo donde la infancia es el origen del lenguaje, y el lenguaje, el origen de la infancia[5] como si no hubiera una huella sino muchas huellas, nunca las mismas, y siempre repetidas, agregaría Blanchot[6], aunque, por instantes -conforme el autor sigue por esa senda, tal vez con el propósito de alcanzar la infancia, solo para despojarse de ella - el lenguaje pareciera estar alejándose lo más posible de sí mismo. Mientras, nosotros recordamos que no hacemos otra cosa que aprender a leer:


de ahí
que pocos sepan hoy volver
a perderse entre pistas
de ese sigilo que persigues
sugerir como si nada
nos sorprendiese ya en cualquier promesa
que avance
contenida en tu libro
por coser


Maurizio Medo.


[2] Giorgio Agamben. ¿A quién se dirige la poesía? Ensayo publicado originalmente en la revista New Observations, N.130, 2015. Traducido al inglés por Daniel Heller-Roazen.

[3] Eduardo Milán.

[4] Ibid.

[5] Agamben, Giorgio (2004). Infancia e historia, trad. Silvio Mattoni. Buenos Aires: Adriana
Hidalgo editora.

[6] Maurice Blanchot, El Paso (no) más allá. Ediciones Paidós, Barcelona, 1994.

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