martes, 17 de abril de 2012

DEFENSA DEL ESPECTADOR


(Contra el tópico que equipara “espectador” con “pasividad”)



No existe el espectador pasivo, sino alguien que observa, selecciona, compara, ...interpreta (Rancière); alguien que retiene y olvida selectivamente, conforme a sus particulares intereses: incorpora o desdeña aspectos de lo contemplado que recombinará con sus propios archivos siguiendo sus propios métodos (con unos procedimientos acaso personalizados hasta el delirio). El espectador no está, ni mucho menos, condenado a una experiencia “comulgante” de la obra de arte. El indomeñable poder del espectador consiste en su capacidad de traducir experiencias, olvidar, desestimar y sacar partido de lo que se le presenta. Tomará para sí las partes que más le interesan –desentendiéndose incluso de los designios y las previsiones del autor-, y aprovechará únicamente aquello que pueda utilizar para sus propios propósitos: aquello susceptible de ser incorporado a su personal aventura intelectual. Con la suma (el montaje) de esos materiales heteróclitos habrá de construirse a sí mismo y tomar sus propias decisiones, muy lejos de cualquier condena a la aceptación y la pasividad.

Por otra parte, la actividad que esperamos que provoque una obra de arte es una actividad mental: pensar, comparar asertos, gozar los juegos del lenguaje y las perplejidades de la representación, demorarse en sus efectos, investigar sus mecanismos, replantearse los propios instrumentos de simbolización y comprensión del mundo, modificarlos, reponer algunas piezas, ...tomar de las obras, para tal fin, todo aquello que pueda adecuarse a estos propósitos “interesados”. Nada más activo que asistir desde un palco a una representación de Hamlet, o a un concierto de Mozart, y no menos activo ha de estar el lector de Joyce repantingado en su sillón de orejas, o un espectador que se pasea relajadamente entre las planchas de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao, ...Beuys y Velázquez también darán mucho que hacer.

Es la actividad intelectual y no la gimnástica la que nos interesa que provoquen las obras de arte, la interacción con los lenguajes de la obra y no la actuación como figurante en una representación organizada y diseñada por el autor. Hacer cabriolas, saltar a la comba, hacer girar una palanca, ...o patear globos azules, no garantiza ninguna clase de actividad intelectual, es más, incluso puede servir de inhibidor al transmitir la idea de que en el puro desarrollo de esa actividad física se cumple el programa de la obra. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario